A 130 años de la
Comuna de París
La conquista del
poder político
Juan Carlos
Venturini
El pasado de marzo se conmemoraron los 130 años de la insurrección victoriosa de los trabajadores de París contra la reacción burguesa. Los 72 días de existencia de la Comuna de París pusieron por primera vez en evidencia cual era el camino real de la transformación revolucionaria de la sociedad: la conquista y el ejercicio del poder político por las organizaciones de los explotados. En este breve trabajo, repasaremos los debates teórico-políticos que precedieron a la experiencia de la Comuna, y las razones que, en nuestra opinión, ameritan una rediscusión a la luz de la experiencia recorrida. Creemos que es la mejor manera de rendir un homenaje a los heroicos comuneros que, al decir de Marx, ya hace 130 años se lanzaban a “tomar el cielo por asalto”, para terminar con la opresión del capital.
La
Iª Internacional y la Comuna de Paris
La Iª Internacional y la
Comuna de París son las dos experiencias políticas más importantes del
movimiento de lucha de la clase obrera y los oprimidos en el siglo XIX y se
encuentran estrechamente relacionadas. La Iª Internacional es la primera
experiencia de organización política-social de la clase obrera con una clara
perspectiva anticapitalista, la Comuna es la primer experiencia de revolución
obrera triunfante.
Ya en el Manifiesto Comunista
de 1848, Marx y Engels habían definido a la conquista del poder político como
un objetivo fundamental de la clase obrera, en el camino de su emancipación.
Esto significaba que para abordar el proceso de transformación social desde la
sociedad capitalista hasta la sociedad sin clases o sociedad comunista, era
necesario la destrucción del estado burgués y un periodo político de transición
más o menos largo caracterizado por el ejercicio del poder político por la
clase obrera y los sectores oprimidos durante el cual "la sociedad irá
reabsorbiendo todo el capital". (Manifiesto Comunista).
Esta opinión no era
compartida por muchas corrientes socialistas de la época. Los llamados
socialistas utópicos se caracterizaban por proponer diversos sistemas de
transformación social que eludían el objetivo de la lucha social y política por
derribar el poder político de la burguesía. Se orientaban en cambio a la
construcción de islotes comunitarios como cooperativas de producción,
sociedades fraternas, mutualistas, comunidades, etc. en el seno de la sociedad
capitalista y se imaginaban un proceso de transformación social por el
crecimiento y extensión de estas comunidades.
Lo característico de la
concepción de Marx estriba en que, de acuerdo a una visión completamente
realista, consideraba que las premisas materiales y sociales de la próxima
sociedad comunista estaban emergiendo ya en el desarrollo de la propia sociedad
capitalista. Las propias leyes de la acumulación capitalista irían creando y
recreando estas premisas en dos sentidos: por un lado impulsando un
extraordinario desarrollo de la ciencia y la técnica aplicada a la producción
como consecuencia de la despiadada competencia, por otro, creando y recreando
permanentemente al proletariado, esto es a la clase de los desposeídos de
medios de producción, y por ello obligados a la venta de su fuerza de trabajo.
Toda la estrategia de Marx se
centraba en el desarrollo de la experiencia de lucha de la clase obrera contra
el capital, lo que la llevaría a perfeccionar su organización y su conciencia
hasta transformarla en un sector apto para la conquista del poder político. Por
eso la elaboración teórica de Marx estuvo centrada en el análisis de las leyes
del desarrollo del capital y en la asimilación teórico política de la
experiencia de lucha de la clase obrera, y dejó muy pocas y fragmentarias
indicaciones sobre lo que podrían ser las características de la sociedad
futura.
Marx y Proudhom
Un aspecto central del debate
de las corrientes obreras y socialistas entre 1848 y 1870 fue justamente la
discusión del camino de la transformación social. La polémica entre Marx y
Proudhon se centró en este terreno. Proudhon puede ser caracterizado cono el
último de los socialistas utópicos. Proudhon descreía del valor de la huelga y
de la organización sindical porque no logró tener una comprensión cabal del
verdadero funcionamiento del capital. Se imaginaba que se podría avanzar hacia
la liberación de los trabajadores manteniendo algunas categorías básicas de la
economía mercantil-capitalista (dinero, crédito, bancos) aunque reformuladas o
mejoradas. No llegó a captar el fundamento de la explotación capitalista como
resultado del intercambio mercantil genuino entre el trabajador y el burgués en
el que éste paga la mercancía fuerza de trabajo por su valor. Al no distinguir entre trabajo necesario y trabajo
excedente no se percató del ancho margen de movilidad de los salarios alrededor
de su valor (que, en última instancia, no es más que un caso especial de la
oscilación entre precio y valor de toda mercancía) lo que lo llevó a pensar que
la lucha por aumentos de salarios era utópica y perjudicial. "Todo movimiento de elevación de los
salarios no puede producir más efecto que el de un alza sobre el trigo, el
vino, etc, es decir, el efecto de una escasez... Es imposible, sostengo, que
las huelgas, seguidas de aumento de salario, no concluyan en un encarecimiento
general: esto es tan cierto como dos y dos son cuatro" (Prouhdon,
"Filosofía de la miseria", citado en Marx "Miseria de la
filosofía", P.248, Ediciones Jucar 1974, Madrid)
Con más ahínco aún Proudhon
se oponía a todo lo que pudiese concebirse como una lucha o una organización
política de los explotados. De la idea correcta sobre el estado como una
máquina de opresión sacaba la conclusión incorrecta de que toda lucha polìtica
era una mera actividad diversionista que apartaba a los obreros de la tarea de
construcción de sus organizaciones mutuales y cooperativas.
Las ideas de Proudhon
tuvieron un gran arraigo en su patria y pervivieron con fuerza durante los
primeros años de la Iª Internacional.
La experiencia de la Iª Internacional
La experiencia de la Iª
Internacional va a representar un desmentido en la práctica de las viejas ideas
proudhonianas. Su propia constitución va a obedecer en lo inmediato a un motivo
eminentemente político: la solidaridad del movimiento obrero inglés y francés
con el pueblo polaco sojuzgado por la autocracia rusa que era visualizada como
la fortaleza de la reacción europea. Este es el tema del gran acto convocado en
el St. Martin Hall en Londres en 1864 que da nacimiento a la Internacional.
Aunque en el Manifiesto
inaugural, redactado por Marx, se planteaba la conquista del poder político, en
lo que se considera como verdadero primer Congreso de la Internacional,
realizado en setiembre de 1866 en Ginebra, siguen predominando las ideas
proudhonianas. En su resolución central se plantea el cambio social "sobre la base de la reciprocidad, por
medio de la organización de un crédito mutuo gratuito, nacional y luego
internacional; no se trata de destruir la sociedad existente, sino de
arreglarla" (Reproducido en Droz, Historia General del Socialismo).
Esto significaba un rechazo implícito a la huelga y a la revolución. Bakunin
considerará retrospectivamente un gran avance las resoluciones de este
Congreso: "El punto central, que se
encuentra igualmente en el Manifiesto redactado por Marx en 1864 en nombre del
Consejo General provisional, y que en el Congreso de Ginebra de 1866 fue
eliminado del programa de la internacional, es la conquista del poder político
por la clase obrera" (Carta a la redacción de "La liberté"
de Bruselas, Zurich 5 de octubre de 1872, reproducida en H.M.Enzemberger,
"Conversaciones con Marx y Engels, Anagrama, 1999, pág. 339-340)
En
el Congreso de Lausana del año siguiente (1867) comienza a disminuir la
influencia proudhoniana, pero va a ser en el Congreso de Bruselas (1868) cuando
finalmente se proclamará la legitimidad y necesidad de la huelga. Otra
resolución importante de este congreso es el nuevo lugar que se asigna a las
cooperativas, no ya como el método de la transformación social sino como base
de la organización económica de la futura sociedad luego de la conquista del
poder. Finalmente se aprueba el objetivo de la propiedad colectiva del suelo,
minas, canteras, bosques y medios de transportes.
En el Congreso de Basilea
(1869) se reafirman las resoluciones del Congreso anterior por 54 votos a favor,
4 en contra y 13 abstenciones (todos ellos de proudonianos) a lo que se agrega
que "la sociedad tiene derecho a abolir la propiedad individual de la
tierra y a colectivizarla", realizando también un llamamiento a la
creación de sociedades de resistencia (sindicatos) en los diferentes grupos de
oficio y una organización sindical internacional.
Todas estas posiciones en el
seno de la Iª Internacional, se desarrollan con el correlato del desarrollo de
un gran movimiento huelguístico en Inglaterra y en el continente. En Francia
las sociedades fraternas se van transformando en sociedades de resistencia
(sindicatos). El próximo paso se dará luego de la Comuna de París en la
Conferencia de Londres de setiembre de 1871 cuya resolución fundamental,
ratificada en el Congreso de La Haya de 1872, reafirma la necesidad para la
clase obrera de constituirse como una fuerza política independiente de los
partidos burgueses y de la unidad de la lucha social con la lucha política:
"Considerando:
Que
el proletariado no puede actuar como clase contra el poder colectivo de las
clases poseedoras más que constituyéndose él mismo en un partido político
diferente, opuesto a todos los antiguos partidos formados por las clases
poseedoras.
Que
esta constitución del proletariado en partido político es indispensable para
asegurar el triunfo de la revolución social y su objetivo último: la abolición
de las clases.
Que
la coalición de las fuerzas obreras conseguida ya en las luchas económicas debe
servir de palanca en las manos de esa clase en su lucha contra el poder
político de los explotadores.
La
conferencia recuerda a los miembros de la Internacional que en el estado
militante de la clase obrera su movimiento económico y su acción política están
indisolublemente unidos"
(Historia General del
Socialismo, Jacques Droz y otros, T. I, Vol. 2, pág. 847-848)
Es este pronunciamiento el
que determinará la ruptura de la Iª Internacional por la oposición a la misma
por parte de la minoría anarquista orientada por Bakunin. Es interesante el
balance que realiza Bakunin de esta evolución:
"Toda
esta tormenta se desencadenará por la desgraciada intención de los marxistas de
querer convertir la cuestión política en una base, en un principio obligatorio
para la Internacional.
Hoy
en día, en efecto, ya no existe reconciliación posible entre las dos citadas
tendencias. Sólo la praxis de la revolución social, nuevas y grandes
experiencias históricas, así como la lógica de los hechos son capaces de
conducirlas tarde o temprano a una solución común"
Agregando estar "firmemente convencido del valor de
nuestros principios... de condenar la política que en realidad no es más que el
arte de dominar y explotar a las masas". ("Carta a los hermanos
españoles de la Alianza", Locarno, primavera de 1872, H.M.Enzemberger,
idem, pag. 326-327).
Es necesario considerar, a
los efectos de clarificar el debate desarrollado en el seno de la Iª
Internacional que Bakunin, mas allá de sus diferencias con el teórico francés,
se reivindica como continuador de la corriente prodhoniana:
"Por
todo ello existen esos dos sistemas contrapuestos, el sistema anarquista de
Proudhon, que nosotros hemos ampliado, desarrollado y liberado de todos los
accesorios metafísicos, idealistas y doctrinarios, adoptando claramente la
materia en la ciencia y la economía social en la historia como bases para todo
desarrollo posterior. Y luego el sistema de Marx, jefe de la escuela alemana de
los comunistas autoritarios" (idem, pág. 328).
Es decir que, hasta donde
creemos entender, se trata de diferencias de orden filosófico con Proudhon,
pero reivindicando en lo esencial su sistema negador de la necesidad de la
acción polìtica y de la necesidad de conquistar el poder político por parte de
la clase obrera para impulsar la transformación social.
La Iª Internacional fue una
organización internacional social y política de la clase obrera que abarcó al
conjunto de las corrientes ideológicas de los trabajadores, unidos en su
oposición a la explotación capitalista. A pesar de esta gran heterogeneidad,
cumplió un rol activo de primer orden en la construcción y el desarrollo de las
organizaciones obreras en todos los países donde tuvo actividad. Se puso de
relieve por primera vez que no existe una muralla entre la organización social
y política y que ambos aspectos de la misma lucha contra el capital son
inseparables.
Fue la propia experiencia de
la lucha la que fue decantando las ilusiones utópicas de contenido
antipolítico, comunitarista y mutualista. La Comuna de Paris como primer
gobierno efectivo de la clase obrera representó la culminación de esta
experiencia.
La
Comuna de Paris
La derrota del ejército de
Napoleón III (y su apresamiento) en la batalla de Sedán, dando fin a la guerra
franco-prusiana, determinó el colapso del Imperio Francés y el surgimiento de un
gobierno burgués provisorio con sede en Versalles. El problema inmediato que se
le presentó al gobierno burgués fue el control de París donde carecía de fuerza
militar propia. En efecto, la ciudad quedó bajo el control de la Guardia
Nacional que respondía a los trabajadores parisinos. Fue el intento de Thiers
(político burgués al frente del gobierno de Versalles) de desarmar a la Guardia
Nacional la que provocó la insurrección de Paris que derrotó militarmente a la
maniobra, fusilando a sus dos responsables e instaurando un gobierno propio: el
gobierno de la Comuna.
El gobierno de la Comuna
estaba integrado por Consejeros Municipales elegidos por sufragio universal en
todos los distritos de la ciudad, responsables ante sus electores y revocables
en todo momento. Se constituyó así un Consejo General de la Comuna de 65
miembros de los cuales 25 eran obreros y el resto se repartían entre artesanos
relativamente independientes, comerciantes, profesionales, maestros y
periodistas. En cuanto a la composición política Droz habla de una presencia
importante de Internacionalistas (adherentes o simpatizantes de la Iª
Internacional) entre los que, con todas las precauciones del caso, se puede
hablar de una mayoría de Proudhonianos, doce blanquistas (partidarios de Auguste
Blanqui) y tan sólo dos "marxistas" Serviller y Frankel, aunque
apunta la presencia de otros activos simpatizantes de Marx en el movimiento que
no integraron el Consejo General.
La Comuna de París, como
poder político de los trabajadores y del pueblo de París, toma una serie de
resoluciones políticas fundamentales que debemos reivindicar:
1) Supresión del ejército
permanente y su sustitución por el pueblo en armas expresado en la Guardia
Nacional como milicia popular organizada democráticamente. La Guardia Nacional,
aún antes de la insurrección de marzo, estaba dirigida por un Comité Central
elegible y revocable.
2) La ya mencionada
elegibilidad y revocabilidad permanente de todos los mandatos.
3) El establecimiento de
instituciones gubernamentales no parlamentarias, sino concebidas como
corporaciones de trabajo ejecutivas y legislativas al mismo tiempo.
4) Instauración de la
separación de la Iglesia y el Estado
5) Educación laica y gratuita
6) Jueces y magistrados
electivos responsables y revocables.
8) Instauración de un
gobierno nacional ejercido por una Asamblea Nacional de delegados de las
diferentes Comunas con sede en París. Obviamente este último propósito no pudo
ser concretado por la derrota de la Comuna de París a los setenta y dos días de
su existencia.
Junto a estas resoluciones
políticas hay que recordar la instauración de otras reivindicaciones de
carácter netamente social:
1) Prohibición del trabajo
nocturno en las panaderías.
2) Prohibición del trabajo de
menores.
3) Moratoria para el cobro de
las deudas.
4) Oficina de colocación en
cada ayuntamiento.
5) Supresión de las multas y
retenciones salariales.
6) Prioridad de las
cooperativas de producción en el otorgamiento de mercados.
7) Establecimiento de un
salario mínimo.
8) Expropiación de talleres
abandonados y su puesta en funcionamiento por cooperativas obreras de
producción.
9) Expropiación de grandes
empresas.
La experiencia revolucionaria
de la Comuna de Paris pondrá de manifiesto definitivamente que la clase obrera
junto al resto de las masas populares en su lucha por la transformación social
se enfrenta ineludiblemente a la
necesidad de conquistar el poder político destruyendo al estado opresor. Todas
las ilusiones anteriores de las diversas fórmulas utópicas en el sentido de
desconocer la acción política y emprender directamente la transformación
social, empezarán a quedar relegadas a partir de la Comuna. Creo que tuvo razón
Engels al señalar que los propios Comuneros partidarios de Proudhon, en la
práctica, rompieron con sus concepciones anteriores al integrar el Consejo
General de la Comuna ejerciendo el poder político popular para el que fueron
elegidos por el pueblo parisino insurrecto.
En la actualidad, como una
expresión más del retroceso político de toda la tradición revolucionaria, han
vuelto a aparecer posiciones de corte comunitaristas y utópicas, que descreen
de la necesidad de la conquista del poder político.
Necesidad
de una rediscusión entre marxismo y anarquismo
Con independencia de toda
esta primer polémica entre anarquismo y marxismo, la historia siguió su curso,
deparando enseñanzas que creo que no han sido debidamente procesadas.
Por un lado creció en el seno
de la socialdemocracia alemana, de tradición marxista, una concepción
cerradamente estatista. Ya en el Congreso de fundación (unificación) del
Partido Socialdemócrata Alemán, los marxista Bebel y Liebneck (padre),
aceptaron incluir en el programa, como concesión a los Lasalleanos, la consigna
de "Estado popular libre", idea que fue enérgicamente rechazada por
Marx y Engels. (ver Crítica del Programa de Gotha).
Mas adelante Bernstein
primero, y luego todos los dirigentes históricos (Kautsky, Bebel) consideraron
al estado burgués como un terreno apto para la transformación social, con la
sola oposición de un pequeña minoría representada por Rosa Luxemburgo y
Liebneck (hijo).
Recién en el folleto de
setiembre de 1917 "El estado y la revolución", Lenín desarrolla una
crítica radical a la concepción estatista de la socialdemocracia. Y por algo
este trabajo fue calificado por muchos "marxistas" como anarquista.
Importantes sectores y dirigentes del anarquismo internacional como Emma
Goldman, Alejandro Berkman, Víctor Serge, los españoles Pestaña, Maurín y Nin
(entre otros) y filoanarquistas como John Reed, dieron su apoyo generoso a la
Revolución Rusa y al gobierno de los soviets. Fue la evolución posterior del
gobierno bolchevique hacia el autoritarismo y a la dictadura del partido único,
la que apartó a los anarquistas de su primera posición de apoyo. La represión
al soviet de Kronstad, al movimiento Majnovista y directamente a las corrientes
anarquistas, fue cavando luego un abismo de sangre.
Finalmente, durante la
Revolución Española y concretamente en mayo del 36 se van a poner de manifiesto
las enormes debilidades y prejuicios de la tradición anarquista respecto a la
acción política y a la necesidad de la conquista del poder por las
organizaciones de masas.
Es necesario barajar y dar de
vuelta a la luz de la experiencia recorrida.
Creo que la tradición
anarquista tiene mucho que aportar respecto a los peligros del autoritarismo y
del sustitutisno de la acción y la decisión de las masas por parte de los
aparatos políticos; así como creo que la tradición marxista tiene mucho que
aportar respecto a la ineludible necesidad de conquistar el poder político para
desarrollar el proceso de transformación social.
En este camino, y desde la
tradición del marxismo revolucionario, creo que es necesario abandonar la
calificación de "estado obrero" o "dictadura del
proletariado", para el gobierno de las organizaciones de masas tipo Comuna
de París o Soviets rusos. Si tal como planteó Lenin, siguiendo la tradición de
Marx y Engels, el estado es un órgano de opresión de una clase sobre otra, y el
"estado" de los obreros y las masas es por primera vez en la historia
un órgano de democracia irrestricta de la inmensa
mayoría y de "opresión" de la minoría restauracionista
contrarrevolucionaria, la misma denominación de estado para ambos regímenes
políticos tan diametralmente opuestos (el estado de los explotadores y el
autogobierno de masas de los explotados) puede conducir a equívocos,
inconvenientes desde el punto de vista de ambas tradiciones revolucionarias.
Sobre todo a la luz de la experiencia posterior a la Comuna de París, en
particular de la del mal llamado “socialismo real”. Si con la instauración de
un gobierno tipo Comuna, el estado comienza a extinguirse desde el vamos, no
hay razón de peso para calificar de "estado" el régimen político que
inicia la extinción del estado hacia la sociedad sin clases.
Como dijera Marx "la Comuna era, esencialmente, un
gobierno de la clase obrera, fruto de la lucha de la clase productora contra la
clase apropiadora, la forma política al
fin descubierta para llevar a cabo dentro de ella la emancipación económica
del trabajo". (Manifiesto del Consejo General de la Asociación
Internacional de los Trabajadores sobre la guerra civil en Francia en 1871).
Esta forma política finalmente encontrada, con todo su contenido de democracia
irrestricta de masas, de autogobierno de los explotados, es la tradición que
debe ser rescatada cuando se cumplen 130 años de aquella gesta heroica, piedra
liminar de la tradición revolucionaria de la clase obrera en su lucha
permanente contra el yugo del capital.
En 1999 me tocó
elaborar una crítica al Socialismo Revolucionario de Italia, corriente que
proviniendo del trotskismo, ha abrazado el conjunto de los prejuicios
antipolíticos de las sectas utópicas y del anarquismo comunitario de raíces
proudhonianas. Ver “A qué herencia renunciamos” en http://members.es.tripod.de/alfagua .